17 agosto 2009

Romeo y Julieta (DohkoxShion) Capitulo 6 (3/3)

2º Continuación Capítulo sexto.


La aurora era mortífera y funesta, presentía muy dentro de mí que una sombra negra encargada de causar sufrimiento rondaba aquella casa, la podía escuchar, la podía ver, deslisándose por los rincones, dansando en los salones, era la muerte. Afuera llovía torrencialmente, el barro empapaba nuestros pies, la tierra estaba levantada a nuestro alrrededor, pues se acababa de hacer el agugero en la tierra para enterrar a Ardiles. Mi padre abrazaba a mamá y a Alma, pues ésta era viuda, su único acompañante en la vida era su hijo Ardiles, que la cuidaba y acompañaba, vivían juntos en una manción lejos de ahí. Ardiles obró muy bien en vida, lo reflejaba el dolor de su madre. Pero ahora, inevitablemente, no estaría más a su lado.

Yo, así mismo, abrasaba a Naizy y a mis demás hermanas, protegiéndolas de la lluvia y proporcionandoles cálidos consuelos, y a su vez, yo me protegía en ellas, pues así sentía que no devía caer por dever protegerlas. De no ser así, hubiese caído. Sentía tan profundamente la partida de Ardiles y mi puño apretaba con fuerza como si en ello me gastara la vida, pero no lo podía evitar, la rabia y el dolor eran muy grandes. El sacerdote rezó las últimas plegarias y dejaron caer el ataúd al suelo, dentro de la tierra. Me hacerqué, claro después de Alma, y dejé una flor negra sobre él, y un puñado de tierra. Así mismo todos los de la familia obraron igual, hasta que los criados comensaron a hecharle la tierra con las palas. Todos los amigos comensaron a retirarse luego de saludar a la madre del difunto, y sólo quedabamos afuera Alma y yo, que trataba de consolarla y llebarla adentro de la casa para que no se siguiera mojando.

-¡No! ¡¡No puedo...no entiendes!!-me decía mientras lloraba.
-No diga eso, tía Alma...entiendo perfectamente su dolor por que yo tambien lo siento...
-¡Pero tú no eras su madre! No lo conosías tan bien como yo, yo sabía que él era el joven más puro del planeta, ¿qué clase de bestia pudo matarle?
-Murió en la guerra, tía...-con esas palabras trataba de consolarme a mí también.-En la guerra se arriesga la vida y en la guerra se muere. Así mismo como usted deben estar llorando las esposas de los hombres que aseciné, y a mí nadie me llama bestia...Sé que eso va en contra de mis principios, pero tampoco podía dejar a papá pelear sólo arriesgando su vida..antes prefiero morir yo, y por eso me acompaño Ardiles...para protegerme...
-¡Hijo mío! ¡Hijo...Ardiles!-seguía llorando Alma.
-Tía...-la abrasé, pues necesitaba que un hombre la estrechara con fuerza, como lo hacía su hijo. La llebé a la casa, adentro mandé a los criados que prepararan hierbas para ella.-Llore, por ahora sólo llore...no deje penas sin llorar en su corazón. Yo me encargaré de cuidarla y si quiere algo sólo dígalo.
-¡No me quiero quedar sola...Ahora sin Ardiles estoy sola!-sollosaba.
-No. Yo siempre estaré a su lado...-me miró fijamente.-He prometido a Ardiles, antes de su muerte, que la cuidaría, y la protegería como si usted fuese mi madre y mucho más.
-¡Dohko!-dijo y me abrazó fuerte, sin dejar de llorar.

Me quedé cuidandola, luego la llebé a la habitacón de mamá y por el efecto de las hierbas se quedó dormida. La casa estaba profundamente vacía, pues todos habían salido a buscar algún lugar donde no encontrar tanta tristesa. Fuí un momento a mi habitación. Me disponía a abrir la pueta, cuando veo que ésta está apretada. Traté de abrir, pero era inútil. La enbestí entonces, se abrió, y me di cuanta que había un madero colocado en ella que me impedía entrar. Miré sobre mi cama, había un papel. Lo leí, decía "Hoy, Mercado, Campanas"

Me quedé pensativo unos instantes sentado en mi lecho leyendo y releyendo el texto una y otra vez hasta que pude comprender. Esa escritura la había visto antes en una carta, y no en cualquiera...¿Estaría entonces el Capuleto esperandome en el mercado al momento de las campanadas de la gran catedral de la cuidad que anunciaban el medio día? Era muy posible, y no dejé de preguntarme si era, en verdad, una buena decición ir. Pero mi alma me reclamaba, la partida de mi primo me dejaba un sabor amargo en la boca y el corazón compunjido, por otra parte, a su agresor le amaba con toda el alma que ahora lloraba dentro de mí. ¡Necesitaba respuesta! No podía quedarme así, recordando una y otra vez aquella imagen que se quedaba impregnada en mi mente, la muerte de mi primo y de manos de mi amado.

Me levante de la cama, destruí la nota, pues no podía ser descubierta por nadie, salí de casa.

Las campanadas resonaban en mi mente con un estrepitoso eco, el bullicio y tumulto de la gente me agobiaban y la temperatura y nuvosidad del día me asficciaban. Sentía que tarde o temprano todo en mí iba a explotar de un momento a otro, pero esa realidad no podía de ninguna forma arrebatarme mi albedrío. Vi en una callejuela apartada, donde las sombras rellenaban sus cóncavos asfaltos sin salida, unos pies calsados sencilla y a la vez elegantemente. Levanté la mirada y, en efecto, estaba él ahí parado, apollado en la muralla mirando afligido el suelo a sus pies.

-¿Me esperabas, Capuleto?-le pregunté sacándolo de sus pensamientos entrando a la oscuridad de aquella callejuela sin salida.
-Has venido.-dijo levantando el rostro, aún sin mirarme.
-Tal y como lo puedes ver.-le corté serteramente. Podía persivir en mis propias palabras un rencor contenido, cada vez que me disponía a abrir la boca trataba de tener cuidado en ellas, pero era inútil.-¿a qué me has llamado?
-Yo...-vasiló. Meditó un momento su respuesta y continuó.-Yo he venido a disculparme por la muerte de tu primo.
-De nada me sirben tus disculpas, Capuleto, la herida ya está hecha y no se reparará con nada.
-Dohko entiende.-me dijo clavándo sus rubíes purpúreos en mis ojos.-Así es la guerra...
-¡¿Entonces por qué vas a ella?! ¡Yo lo ví morir ante mis ojos, lo vi morir por el cruel bronce que tus dedos sostenían!
-No seas egoísta, sé que de tus manos varias vidas de mis familiares sucumbieron, si es asecino como quieres llamarme, yo a tí te debo el mismo respeto.
-Las cosas son diferentes...
-No lo son: son exactamente iguales. Quisás tu querías a ese chico, de ese mismo modo yo quería a todos ellos que ese día mandaste al infierno, y más importante que eso, yo quería a mi hermano. Por eso intervine.
-No debiste intervenir, lo atacaste por la espalda...Yo creí que eras un caballero, ¿cómo es que un caballero ataca por la espalda?
-¡Dohko, recapasita! Iba a matar a Mu, no iba a permitir eso de ninguna forma.
-¡Pero él había perdido de manera justa!-le grité ya descontrolado, sin notarlo siquiera, de mis ojos caían gruesas lágrimas. Si antes sentí que iba a explotar, ahora sentía que explotaba delante de Shion.
-¿Justa? Alla sido como alla sido, entiende que no lo iba a dejar morir. Es mi hermano, y le amo.
-¡Pies sí, era una justa batalla, era una justa victoria para Ardiles, y era justo que no hubiese muerto él!
-¿Estás diciendo que devía dejar que mataran a Mu por que era justo?
-Estoy diciendo que él era quien tenía que morir...-su mirada cambió, se volteó dolido por mis palabras, y a la vez sorprendido que allan salido aquellas de mi boca: yo lo sentía de la misma forma.
-Pues si eso crees, no veo que otra cosa más tengamos que hablar...-iba a retirarse, pero arrepentido, le detube tímidamente.
-Espera...yo lo siento...no era eso lo que quería decir...-se volteó y me miró irritado.
-¡¿Y qué era entonces lo que querías decir?!-bajé la cabeza y lloré en silencio unos segundos, luego le contesté.
-Entiendeme, por favor...estoy herido...tal vez no sé lo que digo...-susurré sin mirarlo, pues aún seguía con la vista en el suelo llorando. De pronto sentí sus cálidos brasos rodearme. Esa sensación protectora, me sentía libre en ellos, libre y sin temor.
-Te entiendo...-dijo y me estrechó fuerte, ya no pude contener más las lagrimas y me heché a llorar en sus brazos,pues en ellos no podía ocultar nada.
-¡Perdoname!
-No pidas perdón...nada de esto es nuestra culpa, es culpa del destino que se empeña en mantenernos en situaciones tan difíciles como ésta...es el destino, quien a pesar de nuestro amor, intenta separarnos. Mas te digo que no lo logrará jamás...-dijo sonrriendome.
-Te amo, Capuleto...
-Y yo a tí, mi querido Montesco...-acarició delicadamente una vez más mi barvilla y recorrió mi rostro hasta mi mejilla, allí sus dedos encontraron el apollo para hacercarse a mi rostro y posar tiernamente sus labios en los míos. Era, sin duda, un eximio consuelo para mi alma.

Después rompió cuidadosamente el beso y me miró a los ojos.

-Debo irme, amor...-me dijo con aire de tristesa.
-Pero...han pasado apenas unos segundos de las campanadas...
-Lo siento, en verdad yo no debería estar aquí...-tomado de mis manos me explicaba.
-No te vallas...te necesito, ahora estoy sufriendo y necesito tu cercanía...además, hace tiempo que no nos encontrabamos...
-No te preocupes, yo me encargaré de estar cerca tuyo, de poder darte el consuelo que necesitas y acompañarte como es merecido a un ser tan precioso como tú, de eso no tengas duda, pero ahora...
-Está bien, entiendo...-corté yo y se produjo un frío silencio.-No te arriesgues más por mí y regresa donde los tuyos.
-¡Te amaré por siempre!-dijo como despedida al salir corriendo, le ascentí con la cabeza y me fuí del lugar.

Regresando a casa, la acogida no era muy grata. Llantos por aquí, más personas sollosando por allá, aquellos gemidos me ataladraban los oídos y me quedaban resonando en la cabeza como un eco interminable. Mi tía Alma lloraba en la sala principal mientras era cobijada en el pecho de mi madre, su hermana. Mi padre fumaba afuera un puro para calmar sus nervios, y mi hermana Naizy estaba encerrada en su habitación y mis otras hermanas habían salido.

Ese día había sido tan monótono como su mismo amanecer. Sólo quedará en mi memoria el momento en que me encontré con Shion, y que me prometió una nueva esperanza, esperanza que yo mismo esperaba con ansias. Tres días más tarde, entré a mi habitación como siempre y encontré la puerta de igual manera trancada. Supe en ese instante que había estado ahí y que nos encontraríamos muy pronto. Logré habrir la puerta y sobre la cama había un pequeño papel. Lo tomé en mis manos, antes de leerlo lo hacerqué a mi pecho y mirando al cielo agradecí aquella señal que esperaba. El papel no decía nada específico, sólo las palabras "Sol, salida, dalias" Más, habría Shion de dejarme trabajo para desifrar aquel pequeño hacertijo, me mantube pensante unos minutos y hacerté a pensar "Hoy, a la puesta de sol en los campos de dalias"

12 agosto 2009

Romeo y Julieta (DohkoxShion) Capitulo 6 (2/3)

Continuación Capítulo sexto.


Ardiles, mi primo, vino a visitarnos, pero más que eso, vino por motivo de otro conflicto con los Capuleto. La situación me tiene muy nervioso, no dejo de pensar en Shion y en cualquier cosa que pudiese pasar durante el enfrentamiento. Han pasado varios días desde la fiesta de casamiento de Ampharo, y no he logrado verle. Además, papá me ha encargado a Ardiles, que tiene 5 años más que yo, para la batalla. Ardiles es muy buen guerrero, y por ese motivo, mi padre me ha ordenado que no me aleje de él mientras dure la batalla, pues teme que algo como lo que le sucedió anteriormente a él me suceda a mí. Ardiles tambien me ha estado enseñando todo este tiempo sobre la espada, a él lo estimo mucho, pues es hijo de mi tía Alma, la hermana de mi madre. Según él, sé perfectamente como cuidarme sólo y que no soy nada malo con espada en mano, pero papá insiste en que no valla solo.

-No estoy seguro de si pueda asecinar a alguien...-le dije mientras caminabamos hacia el lugar pactado.
-Tienes que ser hombre valiente, mi Dohko, recuerda que peleas por la vida de tu familia, de los tuyos, por la justicia.
-La justicia no nos pertenese-reproché.
-¡¡Recuerda que si no matas a tu enemigo, este puede ir donde los seres que más amas y quitarles la vida, como a tu padre!!-me gritó enfadado.
-Ardiles...
-Este no es momento para dudar, ahora que vamos a luchar. Si dudas, él único que terminará bajo tierra eres tú. ¿Qué haría tu padre en esas condiciones? ¿Qué haría la gente que te ama? Tú morirás y te irás de este mundo, pero ellos se quedarán sufriendo tu partida, llorandote con lagrimas de sangre, la sangre de tu enemigo que no fue derramada la derraman ellos.
-Tienes razón...-dije pensativo.-gracias...
-Ya es hora...-dijo mirando el horizonte y viendo en él las tropas de los Capuleto llegar.-Prepárate, y que Dios nos proteja.
-Amén-le seguí, tenía miedo, todos ahí lo tenían, pero ese era el momento de aprobecharlo para correr y sudar; luchar.

Todos los nuestros se lansaron al ataque, desenbainaron sus espadas y así mismo, las tropas de los Capuleto hacían igual. Yo me quedé inmovil unos segundos, pero al tiempo de ver que ya todos estaban luchando, desnudé mi espada y me lansé también.

Ardiles luchaba con dos Capuleto a la vez, a duras penas podía resistir, pero fuí en su ayuda. Tomé a un sujeto de la ropa y lo lansé hacia atrás, me puse en aguardia. Me miró con odio y me atacó violentamente, tenía una fuerza arrolladora. Sin quedarme atrás, lo envestí haciendolo retroceder y ataqué con la espada. Esquibó, la segunda vez detubo mi ataque, y luego me golpeó en el rostro. Perdí el equilibrio y caí al suelo. Me sentía acorralado, derrotado, se hacercó a mi para finalisarme, pero dí una patada hacia sus piés y tube tiempo de ponerme de pié mientras él volvía a incorporarse. Seguimos luchando, ésta ves él me envistió con una serie de ataques, que esquibé o detube, luego ataqué yo. Heché la espada hacia atrás, para conseguir mejor potencia, y con enorme fuerza la descargué sobre él, pero sin darme cuenta, con su sable devió el ataque y dejó mi pecho descubierto. Retrocedí rápidamente pero no lo suficiente, descagó su espada y me irió el vientre. Grité, el dolor era grande, me miré, estaba sangrando, pero la herida no era muy profunda. Más tranquilo con esa percepción, golpeé su sable con el mío, lo que hiso que este saliera volando de sus manos y cayera enterrándose en el suelo razo. El sujeto cayó de rodillas frente a mí.

-Piedad...-imploró.-por favor, perdonadme la vida y te estaré eternamente agradecido...-yo tenía mi espada en su cuello, pero dué en hacerlo.-Por favor!! Piedad!!-seguía gritando, no supe qué hacer, hasta que a mi espaldas llegó Ardiles, me empujó a un lado, y con su espada degolló al sujeto. Al caer su cuerpo monótono sobre el suelo, de sus manos calló tambien una nabaja que tenía escondida en la manga de su ropa.
-¡¡¿Dohko, has olvidado lo que te dije?!!-me reprochó.
-No...
-¿Comprendes que si no hubiera hecho eso él te habría matado? Sólo conseguía tiempo mientras se preparaba para atacarte, y tú no te dabas cuenta. ¡¡Devería enviarte a casa, porque no puedes levantar un arma contra un enemigo!!
-¡¡No!! Ya he aprendido, no cometeré el error dos veces...
-Esta bien...y sólo porque sé que puedes defenderte lo suficientemente bien, te dejaré por esta vez...
-Sí, Ardiles.
-¡¡Ahora corre!!-me empujó al ver que dos hombres venían hacia nosotros.

Me aparté de allí y en un segundo, un hombre alto y de cabellos negros me obligaba a ponerme en guardia. Se dirigió a atacarme, pero me dí la vuelta, esquibé y a la vez pasé a su espalda, desde allí mi sable no tenía obstáculos. Lo enterré con fuerza sobre su espalda, el hombre gritó, se quedó helado, sin movimiento, luego sus piernas comensaron a fallarle, saqué el sable. Calló al suelo, antes de morir mensionó el nombre de una mujer. Esa escena me dejó muy nervioso, acababa de arrebarale la vida a un hombre, no sabía si era justo, si era bueno, pero lo que sabía era que yo no tenía el derecho de arrevatarle la vida a nadie. Pero no podía dudar. Las palabras de Ardiles resonaban en mi mente. Recordaba aquella imagen en que mi padre estaba tirado en el suelo agonisando, esa oportunidad sentí que lo traicioné, y no podía fallarle de nuevo. Me mantube firme, me saqué el sudor de la frente y pasé junto al cadaver.

Traté de localizar a Ardiles con la mirada, lo había perdido de vista cuando me aparté, y ahora no lograba verlo. Corrí unos metros más allá, y por fin le pude ver. Me quedé helado.

Estaba luchando, sí, pero su contrincante poseía el rostro de alguien a quien yo conosía. Ambos combatían muy bien, pero de un momento a otro Ardiles logró arrebatarle el sable al chico de cabellos lilas. ¡¡¡Era Mu!!!

Corrí hacia él, pues ahora tenía el sable en el cuello de Mu para matarlo, iba a gritar no, pero, súbitamente, a su espalda ví una sombra que se deslisaba ágilmente hasta llegar a su contacto. La sombra alsó muy habilmente el sable por los aires, casi podía reconocer tan sincronisados movimientos. De un momento a otro, ví a Ardiles atrabezado por el sable. Grité.

-¡¡¡Nooo!!!-Ardiles cayó el suelo, y sólo entonces pude ver el rostro de su agresor, aquella sombra que estaba a sus espaldas la pude ver muy bien, mientras sacaba su sable ensangrentado del cuerpo de mi primo, y lo envainaba nuevamente. En sus ojos estaba la cólera funesta que precipitó la muerte de Ardiles. ¡¡Sus cabellos verdelimón, su porte, su piel, todo!! Me quedé inmovil observandolo, no lo podía creer.

Sus ojos se abrieron en tuda su expreción, jamás esperó verme ahí presenciando la escena. Desvió la mirada hacia abajo, desde ese momento no la alsó más.

-¿Mu, estas bien?-dijo mientras se hacercaba a él.
-Shion...ahí esta...
-Silencio.-ayudó a incorporar a su hermano, se volteó y dijo en voz alta.-Lo mejor será que nos retiremos de aquí, sin duda es lo mejor.

Pude ver que Mu estaba herido en un brazo y que por esa razón había perdido su sable. No me pude mover hasta después de que sus sombras desaparecieron veloces del lugar, mi corazón se había destrosado. Corrí hacia Ardiles.

-¡¡¡Ardiles!!!
-Dohko...vete, déjame aquí...
-Ardiles, lo siento, todo esto fué mi culpa...-le dije mientras tomaba su cabeza y me la colocaba en las piernas. Era inevitable que teniendo tanto dolor dentro de mí, salieran las lágrimas.
-No fué tu culpa...así es la guerra...tienes...tienes que ser fuerte...prometeme...que cuidarás de mi madre...es lo que más amo en esta tierra...
-Ardiles, ten por seguro que mientras yo viva, a tu madre no la faltará absolutamente nada, pero no mueras, ¡resiste!
-Ya...ya no puedo...déjame ir a descansar en paz, primo...estoy exausto...
-Ardiles...no...
-Huye, el enemigo puede volver contra tí...
-Traquilízate, que no volverá.
-Vete de todas formas...nada te puede pasar, me has prometido algo...
-No me iré sin tí.
-Tendrás que hacerlo...Dohko...Do...-sus ojos se fijaron en un punto fijo, en la nada, y su respiración cesó.
-Como tú lo decees...-dije sin mirarlo, con la cabeza hacia abajo, mientras le cerraba los ojos.

Aún así, tome su cuerpo y lo cargué hasta llegar a casa. No iba a dejar a su madre sin poder velarlo como dice nuestra tradición y llorar a su cuerpo, tampoco podía impedirle que emprendiera las plegarias a Dios para que le recibiese en los cielos y tampoco lutarlo.

Cuando llegué, la escena que se desprendía de mis ojos era desgarradora. Mi tía Alma, la hermana de mi madre, tomaba y besaba el cuerpo mientras lloraba a mares, descontrolada y completamente desesperansada de la vida. Me quedé sin decir nada, era todo mi culpa: el sufrimiento de aquella noble mujer.

Con el llanto, Naizy se levantó de su cama y bajo a ver lo ocurrido. Se encontró con nosotros a la entrada de la casa, Alma, yo y el cuerpo ensangrentado y sin vida de Ardiles. Dió un grito de susto.

-¡Dohko! ¿Qué ha sucedido?
-Le mataron, Naizy...¡mataron a Ardiles por mi culpa!-dije mientras lloraba silenciosamente, parado y sin movimiento, tenía las piernas entumesidas y todo el cuerpo medio dormido...no podía reaccionar a nada.
-No digas eso, hermano, no te culpes...-decía mi hermana mientras comensaba a llorar tambien la muerte de Ardiles junto a Alma. Luego me estrechó en un profundo abrazo.-Parece que nosotros, los hermanos Montesco, estamos maldecidos.-suspiró mientras me estrechaba. Sentí en ese momento una profunda sercanía con mi hermana, ella sufría, al igual que yo, y además de eso era como si mi sifrumiento ella lo conosiera y lo adormeciera. Y luego pensé en sus palabras: verdaderamente, los hermanos Montesco parecíamos estar maldecidos.

09 agosto 2009

Romeo y Julieta (DohkoxShion) Capitulo 6 (1/3)

Capítulo Sexto.

ESTRELLA NEGRA.


Ya era de día. Desperté súbitamente, con el ruido probeniente de afuera de la habitación. Eran conversaciones. Naizy seguía duermiendo sobre su lecho y me levante sigilosamente y salí de la habitacion. Salí hacia el living y ahí estaba mi padre, mi madre, todas mis hermanas, incluyendo a Ampharo y su esposo, discutiendo hacerca de la situación de anoche.

-Dohko, que bueno que has despertado.-dijo papá al verme.-¿Cómo está Naizy?
-Ahora está dormida, he logrado calmarle...
-¡¡Dios mío, las cosas no pueden ir peor!!-exclamó Záfiro, mi hermana menor.
-Queremos mucho a Naizy como para dejar este asunto sin solución...y no hay más salida que enviarle a un sanatorio mental.-sentenció mi padre.
-¡¡No!!-reproché.-No lo hagas, papá, se recuperará...
-¡¡No puedes jugar con la recuperación de tu hermana!! En este momento ella sufre, si la enviamos, sabremos que podemos tenerla de vuelta sana. No es por nosotros, Dohko, es por el bienestar de ella misma.
-¿¿Romeo, por favor, no hay otra manera?? ¡¡Es nuerta hija querida!!-gritó mamá llorando.
-No la hay. ¡Que Dios nos acompañe en los malos tiempos!-rezó mi padre y se retiró del salón. Se fué a su habitación. Almorsamos sin mi padre y sin Naizy, que seguía en su piesa. Terminé de comer y fuí donde ella rápidamente. Toqué a su puerta, pero no me contestó. La abrí.

-Naizy...-pero estaba en su cama, recostada de lado, de modo que no le podía ver el rostro.
-Dohko...-susurró muy bajo.
-Hermana...¿cómo te sientes?
-Mejor...gracias, Dohko, gracias por todo...-dijo son voltearse.
-Naizy...-le toqué el hombro haciendo ademán para que se volteara y lo hiso. Sus ojos estaban rojos y cansados ya de llorar.-¿No tienes hambre?
-No...gracias
-Debes comer.-repuse-Aunque no quieras te traeré un plato, espera aquí-fuí corriendo a la cosina, tomé un plato y le pedí a la criada que lo llenara. Le agradecí y volví corriendo, claro, teniendo cuidado de que no callera nada de comida.-Ya llegué, aquí tienes.-dije entregándole el plato mientras ella se incorporaba.
-Eres un terco...
-Come aunque sea una cucharada.-me miró, sonrrió levemente, pues supo que no podría negarse. Me quedé acompañándola hasta que se terminó el plato completo.
-Dohko...te preguntaré algo pero quiero que seas cincero con tu hermana.
-Yo siempre te seré cincero...
-¿Tu...tu crees que...que yo estoy loca?
-Naizy...-le reprendí suavemente al verme acorralado.-Has perdido algo muy valioso en tu vida...comprendo cómo te sientes, y ten la seguridad de que si yo estubiera en tu lugar, estaría mucho peor...es sólo cosa de que logres olvidar lo ocurrido anoche, no tiene importancia. Lo que sí me importa es lo que piensas y lo que sientes, y eso me preocupa mucho...no sólo a mí, a papá y a mamá, y a todas nuestras hermanas. Eres muy importante en esta familia.
-¡¡Dohko, te amo tanto, hermano!!-me abrazó fuerte y llorando. La estreché y consolé.
-Yo tambien te amo, Naizy...no llores. Sonrríele a tu hermano.-le pedí. Me miró con ternura y sonrrió legeramente.-Así es como te quiero ver. Ahora descansa, duerme todo lo que quieras, si necesitas algo es sólo cuestion de pedirlo y todos correrán a atenderte, no estás sola en esto.-me ascintió con la cabeza, se metió dentro de la cama y la cobijé delicadamente.-Te amo.-dije besándole la frente. Me dirigí a la puerta, pero antes de salir me llamo.
-Dohko...yo también.-le sonrreí. Cerré la puerta.

Afuera no había nadie a quien pudiera esconderle mis sentimientos, estaba derrotado ante la situación, ver a mi hermana enese estado me dejó atónito y sin nada que decir o hacer. El camino era más sinuoso de lo que pensé, me sentí impotente al no poder solucionar aquello. De sólo recordar sus ojos llenándose de lagrimas, mi alma se destrosaba, traté de contener el llanto, pero una gruesa lágrima corre por mi mejilla. Recordé pronto que papá tampoco había comido desde la mañana, y que seguramente estaba en su cuarto muy afectado por lo sucedido. Me dirigí ahora a su cuarto.

Toqué y estaba sentado en su escritorio escribiendo una carta, me dio la entrada.

-¿Que sucede, Dohko?
-No es nada, papá...sólo quería ver cómo te sientes...
-No sabes lo duro que es para mí. Siento que todo esto es mi culpa, ese día...si hubiera socorrido antes a Francisco...-suspiraba.
-No fué tu culpa, padre...eso lo sabes bien.-miré con atención la carts que escribía.-¿qué escribes?
-Una solicitud, para que...hacepten a Naizy en el sanatorio mental del reino.-dijo con pesar.
-No...papá...
-Dohko, ya no me discutas más que así no me ayudas en nada. Tú ya eres todo un muchacho, no eres el niño de ayer, sabes que la situación no es fácil, sabes que tu hermana sufre, deverías apoyar mi decicion.
-Es que me cuesta pensar que Naizy pudiera estar en un lugar como ese...ella siempre ha sido tan tranquila, tierna, amable...
-Y por ese motivo, Dohko, ¿recuerdas cómo estaba ayer?Esa no es mi hija, y yo quiero a mi hija de vuelta.
-Lo sé...yo tambien...No has comido nada desde la mañana.-acoté.-¿No quieres que te traiga algo?
-No, gracias, hijo, bajaré a comer pronto, tú no te preocupes. Ahora, acompaña a hu hermana, al parecer eres el único que puede calmarla.
-Nos tenemos mucha confiansa entre ambos, desde pequeños.
-Ve con ella, hijo, mi Dohko.-me besó la frente y me sonrrió.-vé.
-Sí, padre.